Biografía de Gabriela Mistral

gabriela mistralGabriela Mistral fue hija de Juan Jerónimo Godoy Villanueva, profesor, y Petronila Alcayaga Rojas, modista de ascendencia vasca. Gabriela Mistral nació en Vicuña, ciudad en la que hoy hay un museo dedicado a ella en la calle donde nació y que hoy lleva su nombre. A los diez días sus padres se la llevaron a La Unión (hoy Pisco Elqui), pero su “amado pueblo”, como ella misma decía, era Montegrande, donde vivió de los tres a los nueve años, y donde pidió que le dieran sepultura.

Sus abuelos paternos, oriundos de la actual región de Antofagasta, fueron Gregorio Godoy e Isabel Villanueva; y los maternos, Francisco Alcayaga Barraza y Lucía Rojas Miranda. La Mistral tuvo una media hermana, que fue su primera maestra, Emelina Molina Alcayaga, y cuyo padre fue Rosendo Molina Rojas.

Aunque su padre abandonó el hogar cuando ella tenía aproximadamente 3 años, Gabriela Mistral lo quiso y siempre lo defendió. Cuenta que “revolviendo papeles”, encontró unos versos suyos, “muy bonitos”. “Esos versos de mi padre, los primeros que leí, despertaron mi pasión poética”, escribió.

De niña sufrió al parecer una violación que la marcó de por vida, que “almacenó en su inconsciente todas las pruebas de que en cualquier momento el mundo, es decir el hombre, podía agredirla en forma salvaje”.

Fuente: Wikipedia


Una Rosa para ti

La felicidad me embarga,
al contemplar lo bellas que son las flores
y poder coger entre ellas
una rosa que destaque
aunque desangre mis manos
al quererla yo arrancar.
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i miss you!

imissyou imagen de amor te hecho de menos

Imagen para dedicársela a esa persona que ya no esta con nosotros pero que seguimos extrañando por alguna u otra razón.


Vídeo poema: Rima XL”Su mano entre mis manos”

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Oda a la tristeza

Tristeza, escarabajo
de siete patas rotas,
huevo de telaraña,
rata descalabrada,
esqueleto de perra:
Aquí no entras.
No pasa.
Ándate. Leer mas»


Las hojas secas

hojas arbol secas

El sol se había puesto: las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban a amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas a mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino, por donde siempre vuelven menos de los que van.

No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a punto de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo.

Hay momentos en que, merced a una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.

Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos de la Naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje. Yo me hallaba en uno de estos últimos momentos, cuando solo y en medio de la escueta llanura oí hablar cerca de mí.
Eran dos hojas secas las que hablaban, y éste, poco más o menos, su extraño diálogo: Leer mas»